Los vestigios de los talleres
Camilo
José cuenta que es difícil describir las sensaciones de su visita a las ruinas
de los salones de los talleres de Metalistería y Fundición de «La
Industrial», su Colegio de bachillerado. Por ser un Instituto Técnico
Industrial, a parte del curriculum académico tradicional, desde sexto hasta
noveno grado, semestre a semestre, se rotaban por los talleres, espacios
de formación técnica impartidos en jornada contraria a la académica. Tenían
calificación igual que las demás asignaturas y con intensidad horaria de teoría
y práctica. Para la época en la que Camilo José llegó al Instituto, ya habían
desaparecido Metalistería y Fundición y aquellos salones grandes en
los que se impartieron sus saberes permanen hoy cerrados y con los techos a
mendio caer. Al otro costado, permanecen las sombras de los talleres de Mecánica
industrial y Mecánica automotriz, hoy desaparecidos, pero de los que
alcanzó a formarse… de ellos tiene recuerdos que se confunden con la fantasía:
«en Industrial elaboré con mis propias manos un tornillo con una terraja…
pero no alcancé a hacer el piñón de veinticuatro dientes del que tanto habló el
profe Eustorgio. En Mecánica, recuerdo desarmar motores diesel y engrasarme
las manos simulando la posición de los engranajes para cada cambio de
velocidad».
En
el recreo, Camilo José solía acercarse a los salones en decadencia para mirar –por
entre los barrotes metálicos de la ventana– el horno de fundición renegrecido al
fondo, las siluetas en pintura amarilla en el tablón de madera pegado a la
pared en que estuvieron antaño las herramientas colgadas. En el otro salón,
adyacente a lo que había sido el punto de llegada del vagón del cable aéreo
Ocaña-Gamarra, era posible aún obserbar el polvo del vacío del otro taller que
había formado a muchos egresados que luego harían parte del mercado metalistero
de la ciudad de Ocaña. El mirar se le presentaba como la reminiscencia de un
tiempo no vivido: la experiencia agena que intenta reconstruir. Los talleres de
Fundición y Metalistería cerraron en el 2005, y pese a las
protestas de estudiantes, padres de familia y profesores, no se pudo evitar el final:
además de la exigencia del Ministerio de Educación Nacional de garantrizar el
aval de una entidad de Educación Superior (Decreto 4545 de 2004), a las nuevas generaciones
de estudiantes no les fueron atractivos y muy pocos los eligieron en décimo y
once grado como especialidad de grado.
Camilo
José evoca a los que no están –sobre todo al taller de Fundición– a
través de la memoria gráfica del mural Ciencia y tecnología, que por muchos
años permaneció pintado detrás del patio central del Colegio, y en el que se representaba
a cada taller: electricidad, ebanistería, mecánica industrial,
mecánica automotriz, dibujo técnico, metalistería... y fundición.
Frente a las ruinas de lo que quedó, me atrevo a pensar que Camilo José sintió
lo que Alí Al-huusaini frente a las de Baalbeck en el relato La ceniza de
las edades y el fuego eterno1 de Jalil Gibrán:
–Y los círculos de la visión se ampliaron ante sus
ojos, y ante su vista aparecieron los recónditos escondrijos de las cosas
ocultas.
–(…)
–Y recordó. Recordó aquellas columnas cuando se alzaban
con orgullo y majestuosidad (…) recordó y vio a esas imágenes llenarse de
claridad ante su presencia. Y sintió que las figuras de los objetos adormecidos
cobraban vida en el silencio de su ser más profundo.
–¡Quién eres tú, quién tan cerca está de mi corazón
pero tan lejos de mis ojos, separándose así de mi propio ser, y uniendo mi
presente a tiempos remotos y olvidas edades?
Camilo
José al mirar –seguro– fue capaz de imaginar los salones llenos de estudiantes:
el crisol, el hierro derretido fluir hacia las nuevas formas. La contemplación
como la reminiscencia de un pasado que reconstruye con vivencias ajenas y con las
ansias de vivirlas en presente. Para 2008 pocos recordaban los talleres de Metalistería
y Fundición: las ruinas si apenas eran percibibles. Internet, redes
sociales, video juegos, nuevas tecnologías: las preferencias vocacionales tomaron
otros rumbos. Camilo José para décimo y once eligió el taller de Informática
(fundado en 1994), pues el de Dibujo técnico también había cerrado junto
a Mecánica industrial. Motores diesel (que reemplazó a Mecánica
automotriz), ebanistería y redes eléctricas internas (electricidad)
fueron los que quedaron para 2011 cuando Camilo José se graduó, dado que
lograron cumplir con la exigencia de convenio de continuidad con el SENA y la
Universidad Francisco de Paula Santander, para posibilitar la consecución del título
de Tecnólogo. «La nostalgia es una vaina jodida», diría Leão, pues no es justo invalidar
los cambios vocacionales de los nuevos estudiantes de la primera década del
siglo XXI: los oficios técnicos tradicionales fueron desplazados por oficios
profesionales directamente vinculados a las nuevas tecnologías de la
información. Ya no son los años setenta en que con el bachillerato técnico
era suficente para motar el negocio propio de ebanistería, metalistería,
fundición o electricidad. Los tiempos cambiaron y el Colegio tenía que
adaptarse a esas nuevas exigencias para no caer en obsolescencia; sin emabargo,
coincido con Camilo José en que la preocupación por evaluar la vigencia de los
talleres llegó bastante tarde. La sensación es que el Colegio perdió fuerza en
su carácter técnico industrial, único en Ocaña y es preciso actaur para
no tocar fondo y desaparecer por completo. Esperamos que las gestiones
directivas futuras, la autoevaluación, la renovación, no se detengan: que la
búsqueda de la excelencia académica y técnica sean las apuestas más importantes
de nuestro Técnico industrial. No lo olvidemos: Somos hijos del
progreso y de la ciencia, somos hombres que han nacido de un crisol ♪♫… como
canta el himno, y aunque sea anacrónico
en cuanto a los crisoles (porque ya no está Fundición), la formación en
ciencia y técnica en pro del progreso desde la región hacia el país, sí puede
seguir siendo la más ambicioso pretención del técnico industrial, intitución
educativa que desde el 12 de junio de 1950 ofrece a Ocaña y sus alrededores la
posibilidad de aprendizaje no solo en saberes académicos y técnicos sino
también en valores:
(…)
adiestrando las manos que la técnica quiere (…) sembrando en su pecho una luz
victoriosa; que ilumina sus mentes con pensar y saber. (…) con la frente
orgullosa, con el alma industrial (…) ¡llevaremos altivos hasta la eternidad! ♪♫
1. Gibrán, G. J. (2007). El vagabundo. Las ninfas de valle. EDAF.
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