¿Por qué estudio ingeniería civil?

«Una casa en el árbol, donde tenga mis dibujos y mis historias, donde 
canten los pájaros. Una casa en el árbol con escalera de cuerda (...)» J. Gonzáles

Cuando comenzaba mi bachillerato, una de las preguntas que más ocupó espacio en mi cabeza, que más rumeé, que terminó significando la decisión más seria y complicada de mi vida, fue aquella que el rockero argentino Miguel Mateos repite en el coro de uno de sus éxitos musicales: Nene, ¿qué vas a ser cuando seas grande?

Pregunta sencilla en apariencia ¿no creen?; pero no, requirió de varios años para consolidar una respuesta: «seré ingeniero civil».

En esos años de búsqueda descubrí que el querer ser es muy fácil; decir voy a ser médico, abogado o ingeniero, implica no solo escoger dentro de un repertorio de oportunidades la carrera que me gustó en ese instante o la que más lucro o prestigio pueda brindarme, y nada más. En esa decisión apresurada no me pregunto ¿Tengo aptitudes para serlo? ¿Puedo financiarme tal carrera? ¿Será esa profesión en la que me veré laborando en un futuro?

Esas preguntas comenzaron a atormentarme cuando me entregaban un desprendible con las ofertas académicas. Este largo trecho del querer ser al voy a ser requiere de una nueva visión sobre lo que seré, que puede descartarme la opción, o afianzar mi inclinación.

En este punto hay que ser muy sensato y realista y hacer una introspección muy profunda para poder descubrir con objetividad qué capacidades tengo, y así convencerme que seré capaz de enfrentar el destino profesional que pretendo trazarme.

Entonces, supe que si deseaba ser ingeniero civil debía desmostarme a mí mismo, que tuviera las capacidades para estudiar lo que me gustó –estando ya completamente seguro de ello-, pues el solo querer no me bastaba y solo significaba una puntada, un coqueteo, un tímido asomo a la decisión final.

Escudriñando en mí saqué a flote todas mis habilidades y fortalezas, y vi que muchas de ellas me servían para estudiar ingeniería civil; además tuve en cuenta un mecanismo que ratificó mi elección: los resultados de las pruebas Saber. Pienso que fueron ellas las que me aseguraron que todas las conclusiones que había sacado acerca de mí mismo no estaban equivocadas, y que no había caído en una ilusión ciega de mis propias capacidades producto de una seducción subjetiva ultraoptimista. Los aceptables puntajes en áreas como matemáticas, física y química determinaron que era viable estudiar ingeniería civil.


Después de aquel largo proceso de elección, me pregunté ¿Por qué elegí específicamente ingeniería civil y no otras ingenierías? De pequeño la idea de construir y diseñar hicieron parte de mis juegos. Ese espíritu creativo y recursivo se hizo visible cuando las tablas de la cama fueron quitadas para servir el puente entre dos habitaciones. Cuando las sillas del comedor fueron columnas de un fuerte para «acampar» en casa, cuando los retazos de madera del cielo raso eran los caminos de los carros que viajaban por las ciudades de mis sueños.

Todas estas emociones quisieron volverse realidad y no quedarse en simples juegos de infancia. Una de ellas, y la que significó el mayor impulso, fue la impotencia al no saber cómo construir una casa en un árbol. Lo pensé bien en aquel momento y me dije: «¿será difícil construirla?». En mi interior siento que no, y que solo es cuestión de aprender cómo.

En estos años que vendrán, aparte de aprender cómo hacer una casa en el árbol, espero aprender cómo construir muchas obras más y saciar el deseo de ver tangible aquellas ideas que surgen en mi mente cuando me tomo el tiempo de imaginar.

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